Fin de partida data de 1957, es ocho años posterior a Esperando a Godot. Junto a Días felices (1961), componen el corazón palpitante de la obra teatral de Beckett.
Si debajo del árbol seco de Godot se aguarda algo indefinido, en Fin de partida, que tiene lugar en un espacio cerrado, se espera algo muy concreto: el fin. ¿Y qué ambiente se respira, en la antesala del final? Hamm está anquilosado en una silla de ruedas, incapaz de levantarse, ciego, aprovechándose de los demás. Clov, que ve pero no puede sentarse, obedece a las inagotables órdenes de Hamm. La pareja maestro-siervo se ve acompañada de Nagg y Nell, los padres de Hamm, que habitan en sendos cubos de basura.
Mucho se ha escrito sobre el sentido de la obra y las connotaciones que encierran los nombres. Está claro que es una obra llena de poesía, de un enorme potencial escénico, exasperante en su repetición obsesiva, como la obra de Thomas Bernhard, de quien Lupa ha montado varios textos. Teatro despojado de trama. Pero no necesariamente triste o sombrío, como se suele creer cuando se habla de Beckett. Es bien elocuente la indicación que dio el propio autor a los actores que interpretaban a Hamm y Clov:
“Debemos arrancar tantas carcajadas como sea posible con esta cosa atroz.”
